A principios de los 90 los estadios del fútbol español vivían un momento de tensión creciente: los grupos ultras consolidaban su modelo de grada organizada importado de Italia, la pirotecnia era parte habitual del repertorio visual y los controles de acceso apenas impedían el paso de bengalas, fumígenos o petardos. Sarrià, viejo estadio del RCD Espanyol en Barcelona, era uno de tantos recintos con ese perfil de seguridad característico de la época.
El 15 de marzo de 1992 estaba programado un Espanyol-Cádiz de la jornada 27 de Primera División. Un partido sin especial carga política ni previa violenta documentada, con la presencia habitual de aficiones locales y un desplazamiento reducido del Cádiz. Un escenario, en la jerga policial, de riesgo bajo.
